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miércoles, 11 de abril de 2012


Capitulo Primero: Libro "Asocial "
Sabía 
que había diferencias. Conocía a chicas que hablaban de tal o cual camisa, falda u otro adorno, que, al parecer, era de dominio público que estaba de moda. Ella nunca
se había interesado en esas cosas, nadie le había orientado en un sentido u otro, simplemente, no le interesaban.
Cuando durante el recreo de su colegio, se iban a tomar algo de lo que sus madres les preparaban, las demás chicas la miraban, como las niñas pequeñas suelen mirar, con una mezcla de curio- sidad, desafío y descaro que afortunadamente va desapareciendo cuando van anidando en ellas nociones básicas de disimulo y respeto. Al menos en cuanto a la exteriorización y expresión de esta insolencia. A veces pensaba, “¿qué les extraña?”. Mi madre siempre me prepara una bebida caliente que a mí me encanta, sino fuera por el extraño sabor que el mismo contenedor le añadía a la bebida y que se unía a las miradas con cierto aire reprobatorio que manifestaban las demás chicas cuando veían que alguien se llevaba una merienda cuando, a lo sumo, iban a pasar un par de horas de clases privadas.
La escuela estaba dirigida y organizada por la maestra y su marido, militar y maestro de orden, a tiempo compartido. Las clases estaban establecidas de forma que por las mañanas comen- zaban a las nueve y se prolongaban hasta las dos, a continua- ción cada alumno volvía a casa con la opción de volver o no a las clases por la tarde. Durante la tarde, estas comenzaban a las tres y continuaban hasta las nueve, aunque este horario estaba a disposición de los padres. Pocos consideraban que sus hijos debían ir el horario completo. Gran parte de ellos asistían una o dos horas. La escuela que no era otra cosa que una casa que antes había tenido funciones de hogar y esto se dejaba ver en su distribución ya que aún conservaba una antigua cocina y unas habitaciones en las que se había substituido las usadas camas de hierro y latón , armarios, aguamaniles y otros enseres de la época, por desvencijados pupitres, sillas y pizarras que parecían haber sido utilizados por diferentes manos durante muchos años, ya que el pino utilizado y protegido por una pátina de aceites apenas dejaba entrever un resquicio de la madera original cubierta en esos momentos de suciedad, garabatos y nombres de alumnos que abandonaron su niñez hacía bastantes años. Como muchas viviendas de la zona, esta era una de las cinco que constituían un patio de vecinos y como tal el patio central era de uso común y con este la letrina que no era otra cosa que un habitáculo de un metro por noventa centímetros con un poyete de cemento donde se encontraba el agujero para realizar las deposiciones.
No sabía que les extrañaba. Quizás, que llevara la merienda preparada, que no hablara con nadie, que era la chica que siempre se sentaba allí aun sabiendo y temiendo día a día que le prestasen atención. Cuanto hubiese deseado que a esa hora del día, durante el descanso programado de las clases o para ser más exactos durante el cambio de turno de mañana, tarde o noche ya que en este tipo de escuelas no estaba establecido el recreo, ocurriera lo que siempre ocurría durante las demás largas horas del día. Pasar inadvertida, volverse invisible. Solo quería que jugasen, que cualquier otro asunto llamase su atención, un juego, otras niñas, cualquier cosa. Es curioso, aquello que tanto había temido durante meses, ahora, era lo que deseaba. Cuantas veces había necesitado la atención de sus compañeras, que las permitieran participar de sus juegos, aunque solo fuera partici- par, no se proponía ganar, o llamar la atención ni mucho menos rivalizar con las demás chicas.
Se devanaba los sesos por encontrar el motivo que llamaba la atención de sus compañeras. Quizás fuera el mismo aislamiento que ella provocaba, no se atrevía a iniciar una conversación ni tan siquiera un mero comentario. Ya lo había intentado en alguna ocasión y solo consiguió respuestas monosilábicas y nuevas miradas extrañas y comentarios susurrados seguidos de algunas risas.
Intuía que algo la separaba de ellas, no era revoltosa, no necesitaba llamar la atención ni para bien ni para mal, se aburría en clase porque creía que no tenían tareas demasiado difíciles o que sus compañeras tardaban en asimilar los contenidos, de hecho era la alumna que servía de reclamo cuando algunos padres se acercaban a la escuela para seleccionar un lugar donde su hijo o hija recibiera la educación a la que la mayoría de ellos no habían podido optar. Pero no era nada de esto, sospechaba que había ciertos protocolos en las relaciones con los demás que ella no llegaba a asimilar.
Tan difícil era darse cuenta de que no sabía que decir, que solo hubiera necesitado un pequeño impulso o un hola, lo hubiera dado todo para no sentirse sola. Habría hablado de cualquier tema. Eso no es difícil, solo hay que empezar.
Provocaba sentimientos contradictorios en la gente. Por un lado los adultos reaccionaban con cierta complacencia, sobre todo aquellos que no pertenecen al círculo familiar, probable- mente, imaginando tener una hija de la misma educación, modo de estar y buenas maneras. Sin embargo, sus hijas sentían curio- sidad. Pero no la curiosidad que induce a una búsqueda, a una indagación, a un conocimiento, no, sin pasar por estos requisitos, su curiosidad conducía directamente al rechazo y a la burla. 

1 comentario:

  1. Isabel, me encantó leer este arranque. Fenomenal.sigo yo ya tu blog también.
    saludos blogueros

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